Siempre Alerta
Lleve, traiga, cuide, encuentre, vigile, este pendiente, vaya, venga, un problema, un regaño, un silencio, un misterio, un ruido, algo raro, algo pasa, se oye algo, un pitazo, un llamado, un regalo, un oficio.
Ese es un verdadero uniforme, botas platineras, jomper y gorra del mismo color, un bolillo, un arma, escopeta o pistola, pito o radio teléfono, para comunicarse entre ellos. De noche, de día, pero siempre atento, pendiente de lo que pasa, audaz pero tranquilo y responsable de la seguridad de quienes cuidan.
Juan el rondero en bicicleta
Hey, mira a ese tipo saliendo por la ventana. –¡están robando en la casa café!. Juan Carlos, salió corriendo por la cuadra paralela a la iglesia tratando de no hacer ruido. Su compañero de vigilancia iba detrás. Eran más o menos las 11 de la noche y hace varios meses que esto no sucedía. Un ladrón se metió a la casa de la mitad de la cuadra y si ellos no llegan rápido seguramente se hubiera llevado el televisor, el vhs, la grabadora y las joyas de la dueña de la casa.
Juan Carlos Giraldo es rondero hace 8 años, empezó trabajando en vigilancia comunitaria, se metía a barrios de Itaguí que no tuvieran celadores y comenzó a cuidar, a meterse en el rollo, a trasnochar, a conocer. Vestido de civil y con múltiples problemas porque la policía lo confundía con un bandido o delincuente trató de rebuscarse la forma y de hacer valer su oficio.
Hace un año es un rondero del barrio San marcos en Envigado, y hasta hace poco lo uniformaron. Lo “legalizaron” para evitar inconvenientes. La alcaldía cogió a todos los hombres que trabajaban como vigilantes en el sector y crearon una cooperativa CORVICO (Corporación de vigilantes comunitarios de Envigado). No les pagan, no los capacitan, no les ayudan, sólo eso, los uniformaron. Les da presencia, son reconocidos y hasta la gente de la calle los respeta. Todavía son independientes, solo que aparecen registrados en Envigado, porque las municiones y hasta el uniforme lo pagaron ellos.
Ser rondero es un trabajo para los duros. La noche, la lluvia, los ladrones, los malosos, sumado con el cansancio, las casi 10 horas sin dormir y mirando atentamente cada movimiento del barrio, es algo que no cualquiera resiste. De 8 o 9 de la noche hasta las 6 de la mañana todos los días. Pero “hay que afrontar el problema como sea, de todas formas hay que responder, sino se le acaba la papa a uno”. Son personas valientes que viven de lo que les da la gente en el barrio. Cada semana pasan puerta por puerta pidiendo, pero solo en algunas les dan. 4 mil, 5 mil pesos tal vez menos.
“El celador” es como suelen llamarlo pero en realidad es rondero. Pasan la noche entera rondando cuadra por cuadra todo el barrio, todas las casas y cuidando a sus habitantes. Y así se consiguen la platica y la comida. ”La gente del sector es muy amable, sobretodo los dueños de los negocios. Que venga tómese una gaseosa, que yo lo invito a tinto, venga coma algo y así, así se la pasa uno”.
La gente los reconoce por sus pitazos o mejor dicho saben que ellos están cerca porque en cada esquina los escuchan, les proporcionan tranquilidad, confianza y seguridad, si no pitan es porque no están.
El pito se ha convertido en un implemento indispensable para los vigilantes de los barrios, donde no existe una portería, donde las personas están en constante peligro de ser atacados, donde roban carros, matan gente y se meten a las casas y a los locales a saquearlos. Por eso existen claves para comunicarse entre vigilantes, unos con otros, si alguno esta en problemas o necesita ayuda, que si hay alguien sospechoso, que están rondando las casas constantemente, que nos quieren despistar, lo que sea, que pase o que no pase, están siempre alertas los 20 o 25 ronderos que cuidan los barrios de noche, entre San Marcos y el Parque de Envigado.
Juan Carlos viaja diariamente desde bello hasta envigado en su bicicleta. Una hora u hora y media según el ánimo que tenga. Es su implemento más importante, no solo porque pedaleándola hace las rondas sino porque también le evita el gasto de transporte.
“Lo mejor de trabajar en esto es que se trabaja por cuenta de uno, no me mandan, no hay jefes, no me exigen horarios, y hago todo a mi ritmo, aunque no hay seguros ni prestaciones”. Terminó el bachillerato y estuvo en el ejército como la mayoría de los vigilantes. Allí adquirió experiencia en armas, defensa personal y mucha fuerza. Después manejó taxi, colectivos pero en últimas se quedó de rondero.
Enfrentado a todo y a todos. Un cambio de vida, con días oscuros para dormir y noches eternas con solo la luz de las puertas y los pocos carros que pasan a esas horas para vigilar.
Al final de la noche el regresa en bicicleta. Satisfecho del trabajo cumplido, cansado de rondar, de cuidar, de estar siempre alerta... ya se van a descansar.